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Women’s Bodies, Women’s Stories

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Lee este artículo en español aquí.

By the Rt. Rev. Susan Goff
Bishop Suffragan of Virginia

If the sheer number of related resolutions is an indication of passion about an issue (and it usually is), then the desire to name and openly address sexual misconduct in our Church is strong. The presence of hundreds who sang, prayed and entered holy silence in the worship space on Wednesday evening during a service of repentance and truth-telling gave further evidence of that desire. The Spirit is moving powerfully in this Convention and lending voice to those who cry out, “no more” and “never again” to sexual exploitation, abuse and harassment in our congregations and other Church institutions. The Spirit is strengthening women, and men as well, to claim their dignity and their right to determine how their bodies will be treated.

At this same moment in history, the claim of women to determine another dimension of how they live in their bodies faces potential challenge. The impending appointment by President Trump of another justice to the Supreme Court could lead to changes in reproductive rights and to the overturn of Roe v. Wade, which has provided for legal abortion throughout the United States since 1973.

The Episcopal Church has had much to say about the legal and moral dimensions of family planning, birth control and abortion over the decades, and we have strong and clear General Convention resolutions on record. The 69th General Convention, meeting in Detroit in 1988, adopted a statement that recognizes the complexity of issues related to childbirth and abortion. It emphasizes:

“All human life is sacred from its inception until death … Human life, therefore, should be initiated only advisedly and in full accord with this understanding of the power to conceive and give birth which is bestowed by God.”

The 1988 resolution went on to assert that the legal right to a medically safe abortion is to be exercised only in “extreme situations,” and that members of this Church must treat with “grave seriousness” decisions about any pregnancy that is considered problematic.  It also stipulated that national and state governments “must take special care to see that the individual conscience is respected, and that the responsibility of individuals to reach an informed decision in the matter is acknowledged and honored.”

The 71st General Convention, meeting in Indianapolis in 1994, reaffirmed that statement in a resolution that also added a second resolved clause:

“That this 71st General Convention of The Episcopal Church express its unequivocal opposition to any legislation, executive or judicial action on the part of local, state or national governments that abridges the right of a woman to reach an informed decision about the termination of pregnancy or that would limit the access of a women to safe means of acting on her decision.”

Our statements from as long ago as 30 years have significant bearing on our lives and ministries today. As Christians, we have much to say about human bodies and how women and men live as incarnate, embodied beings. We have been given a voice and we are compelled by the Spirit to use that voice to speak our faith in the Church and in the public square. We are called to hold accountable politicians who assert that they defend human life while at the same time neglecting to address the desperate needs of people living without adequate healthcare, access to contraception, better education, public transportation that allows people to travel to places where jobs are, and a means to rise out of crushing poverty – all systemic problems that, left unaddressed, likely contribute to the rate of abortion.

Worship Space

Photo: Celal Kamran

As the Episcopal Church, how will we respond in love when confronted yet again with the political decision about the ethical complexities of reproductive rights?  How will we hear the voices of women and men who have been caught in the web of these complexities?  How will we incarnate these conversations so that they are not merely abstract theological debates?

We had experience with these questions when we grappled with them 30 years ago.  Our deep desire to speak about sexual harassment in our Church today arises, I believe, from the same heart that motivated our deep desire to speak about reproductive rights then.  That motivation, by the power of the Holy Spirit, will continue to lead us to honor and bless women’s bodies and women’s stories in this era of changing Church, changing society.


The full text of Resolution 1988-C047  and Resolution 1994-A054 from episcopalarchives.org.


Los cuerpos de las mujeres, Las historias de las mujeres.

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Read this article in English here.

Por la Rvma. Susan Goff
Obispa Sufragánea de Virginia

Si el número total de resoluciones relacionadas con un mismo tema es una indicación del apasionamiento sobre el mismo (y, usualmente es así), entonces existe un gran interés en hablar y abordar abiertamente el tema de la mala conducta sexual en nuestra iglesia. La presencia de cientos de personas que cantaron, oraron y entraron en el sagrado silencio en el espacio de adoración el miércoles por la tarde, durante un culto de arrepentimiento y hablar honestamente, dieron más pruebas de ese deseo. El espíritu se mueve poderosamente en esta Convención y haciéndose escuchar por medio de los que claman, “¡basta!” y “¡nunca más!” a la explotación sexual, el abuso y el acoso en nuestras congregaciones y otras instituciones de la iglesia. El espíritu está fortaleciendo a las mujeres, y también a los hombres, para reclamar su dignidad y su derecho a determinar cómo deben tratarse sus cuerpos.

En estos mismos momentos históricos, la reivindicación de las mujeres para determinar otra dimensión de cómo viven en sus cuerpos se enfrenta a un potencial desafío. El inminente nombramiento por el presidente Trump de otro juez para la Corte Suprema podría conducir a cambios en los derechos reproductivos y a la derogación del fallo Roe v. Wade, que desde 1973 ha autorizado el aborto legal en todos los Estados Unidos.

Durante muchas décadas la Iglesia Episcopal ha tenido mucho que decir sobre las dimensiones jurídicas y morales de la planificación familiar, el control de la natalidad y el aborto. Sobre estos temas tenemos la Convención General aprobó firmes y claras resoluciones. La 69ª Convención General, que se reunió en Detroit en 1988, aprobó una declaración que reconoce la complejidad de las cuestiones relacionadas con el embarazo y el aborto. Enfatiza que:

“Toda la vida humana es sagrada desde sus comienzos hasta la muerte… La vida humana, por lo tanto, debe ser iniciada solamente con conocimiento y en pleno acuerdo con esta comprensión del poder de concebir y dar a luz que es otorgado por Dios.”

La resolución aprobada en 1988 también afirmó que el derecho legal a un aborto médicamente seguro debe ser ejercido solamente en “situaciones extremas,” y que los miembros de esta Iglesia deben tratar con “muchísima seriedad” las decisiones sobre cualquier embarazo que se considere problemático. También estipulaba que los gobiernos nacionales y estatales “deben tener especial cuidado en que se respete la conciencia individual, y que la responsabilidad de los individuos para tomar una decisión informada sobre el tema sea reconocida y honrada.”

La 71ª Convención General, que se reunió en Indianápolis en 1994, reafirmó esa declaración en una resolución que también añadió una segunda cláusula:

“Que esta 71ª Convención General de la Iglesia Episcopal exprese su inequívoca oposición a cualquier legislación, acción ejecutiva o judicial por parte de gobiernos locales, estatales o nacionales que limite el derecho de una mujer a tomar una decisión informada sobre la terminación del embarazo o que pudiera limitar el acceso de una mujer a medios seguros de actuar sobre su decisión.”

Nuestras declaraciones desde hace ya 30 años tienen un importante impacto sobre nuestras vidas y los ministerios que hoy llevamos a cabo. Como cristianos, tenemos mucho que decir acerca de los cuerpos humanos y cómo las mujeres y los hombres viven como seres encarnados. Se nos ha dado una voz y estamos obligados por el espíritu a usar esa voz para hablar sobre nuestra fe dentro y fuera de la iglesia. Estamos llamados a hacer responsables a los políticos que afirman que defienden la vida humana y que al mismo tiempo descuidan las necesidades imprescindibles de las personas que viven sin una atención sanitaria adecuada, sin acceso a la anticoncepción, ni tampoco a una mejor educación o el transporte público adecuado para viajar a lugares donde hay empleos y hay forma de salir de la pobreza aplastante. Todos estos son problemas sistémicos que, dejados sin atender, probablemente contribuyan a la tasa de aborto.

Worship Space

Foto: Celal Kamran

Como Iglesia Episcopal, ¿Cómo responderemos en amor cuando volvamos a confrontarnos con la decisión política sobre las complejidades éticas de los derechos reproductivos? ¿Cómo vamos a escuchar las voces de mujeres y hombres que han sido atrapados en la red de estas complejidades? ¿Cómo encarnaremos estas conversaciones para que no sean meramente debates teológicos abstractos?

Tuvimos experiencia con estas preguntas cuando lidiamos con ellos hace 30 años. Nuestro profundo deseo de hablar sobre el acoso sexual en nuestra iglesia hoy surge, creo, del mismo corazón que motivó nuestro profundo deseo de hablar de los derechos reproductivos en ese entonces. Esa motivación, por el poder del Espíritu Santo, nos seguirá guiando para honrar y bendecir los cuerpos de las mujeres y las historias de las mujeres en esta era de la iglesia que se está transformando y que también trata de transformar la sociedad.

Traducción por el Rvdo. Thomas Gustavo Mansella.